Arrinconado en aquel cuarto oscuro, polvoriento, humedecido por la falta de ventilación, sus teclas iban registrando en su amarillenta pesadumbre el paso del tiempo. Parece mentira tener que relatar, que aquel bello instrumento de veteada caoba construido con esmero hace ya largos años,  jamás hubiese producido un sonido. Sus cuerdas entrecruzadas a lo largo de su alma, no habían recibido nunca el mágico toque de la vibración. Todo en él parecía perfectamente acabado: la tersa brillantez de su madera, sus sinuosas formas de exquisito trazado, su teclado de horizontal perfección, la precisión de su maquinaria invisible. Pero un hueco oscuro situado en un lugar impreciso de su interior, impedía que hasta él llegase la inspiración  que convirtiera su densa materia en transparente pálpito.

Por eso durante toda su vida se había tenido que limitar a veces a soñar, a veces a imaginar como sería la música. Se concentraba tanto en ello que por un instante casi percibía su presencia, su melodioso tacto, pero como si de un encantamiento se tratara todo se desvanecía haciendo aún más dolorosa su mudez.

Era realmente muy extraño porque aquel piano sí era capaz de escuchar y registraba todos los sonidos, ritmos, melodías, escalas, acordes, guardándolos con avidez en su memoria. Los degustaba y los transformaba haciéndolos parte de si. Pero cuando intentaba entrar en su memoria para asir algunos de aquellos sonidos y lanzarlos con su propio mensaje, una impotencia infranqueable le dejaba paralizado.

No sabía el motivo de su desgracia, ni tan siquiera se había atrevido nunca a preguntarlo. Pero una luminosa mañana del mes de enero cuando un tibio rayo de sol, como olvidado por la primavera, rozaba sus teclas negras, algo le indicó que esa luz era nueva y removido todavía por un destino desconocido se dejó arrastrar por el mundo en busca de su esencia.

Guiado por su oído llegó al borde de un arroyo. Las aguas canturreaban una suave melodía que refrescaba a quien la oía con su transparencia. El piano se paró frente a él lleno de asombro y se dijo:

-¡Oh, qué bello sonido! ¡Si yo pudiera cantar así!

El arroyo que lo vio tan confundido se atrevió a preguntarle:

-¿Qué te ocurre bello piano?, ¿qué motivo te aflige?

-A pesar de que te oigo y que mucho te admiro, en mí hay un profundo vacío que no me permite responderte. ¿Acaso sabes tú lo qué me ocurre?, -le contestó esperanzado

-Tal vez te falte el agua, ven y moja tus patas, -le dijo ignorante el arroyo.

El piano viendo que aquella no era la causa y sintiendo miedo del frío, se alejó con tristeza siguiendo su camino.

En lo alto de un árbol escuchó un hermoso trino. Un pájaro de plumas plateadas inflaba su pecho que parecía que fuese a estallar en una interminable sucesión de notas, que se deslizaba para acariciar al árbol con sus hojas, a la hierba con su escarcha, a las matas con sus lirios y al piano con su alma.

-¡Oh, qué bello sonido! ¡Si yo pudiera cantar así!, -pensaba soñador.

El pájaro nada veía, tan alto como estaba, pero una mariposa blanca que por allí revoloteaba vio llorar al piano y posándose en el fa más agudo le dijo:

-¿Qué te ocurre bello piano?, ¿por qué lloras tan amargamente?, ¡tú que tienes tantas notas encerradas dentro de ti!

-¡Ay, si tu supieras mariposa!, que todas esas notas que rozas no saben volar… Sólo esperan día a día que alguien las toque de verdad, -le respondió apesadumbrado el piano. ¿Has oído algún caso semejante?, ¿has conocido algún otro instrumento sin voz?, ¿quizá se te ocurre alguna solución?, -se atrevió a preguntar ansioso.

-Quizá te falte el aire. Si te abanico con mis alas tal vez puedas vibrar, -le propuso la feliz mariposa esbozando una amplia sonrisa.

El piano, no muy convencido, se dejó abanicar pero tan sólo una fresca fragancia le envolvía. Casi no se atrevía a desilusionar a la mariposa que con tanto entusiasmo batía sus alitas. Pero ya cansado, cerró su tapa con mucho cuidado para no dañar a su amiga.

Se despidió de ella y ambos pensaron que alguna vez se volverían a encontrar, cuando el piano fuera aire y la mariposa vibración…

Ya iba cayendo la noche y el piano sintió un ligero temor. Nunca había estado tan desprotegido y mucho menos a esas horas, cuando ya comenzaba a oscurecerse el cielo y el frío se hacía muy intenso. Su madera crujió resintiéndose de la intensa humedad que le invadía, cuando a lo lejos contempló una pequeña casita de madera que mostraba compasiva su luz. Algo le hacía sentir que allí dentro habría calor y seguro que una agradable compañía.

Cuando ya estaba muy cerca, miró a través de la ventana. Dentro, en una amplia cocina, una mujer amasaba con sus manos una hogaza de pan, embadurnándola de un lado y de otro de suave y blanca harina. En el horno refulgían intensas llamas.

-¡Oh, qué manos tan bellas!, ¡qué bien saben trabajar!, ¡qué dedos tan ágiles!, ¡tal vez ella me quiera tocar!, -pensaba el piano soñador.

La mujer alzó el rostro y contempló asombrada como en su ventana se dibujaba la sombra de un piano. No podía dar crédito a sus ojos y limpiándose sus manos en un  delantal que colgaba de su cintura, se acercó con prisa a la ventana y la abrió de par en par. El aire helado de la noche se fue colando imperceptible en la tibia estancia y casi se oía al piano respirar.

-¡Qué gran sorpresa verte aquí!, ¿cómo has podido llegar?, pasa y calienta tus teclas en mi hogar, -le ofreció la mujer con gran amabilidad.

El piano, retraído, no quería pasar pero no podía apartar su mirada de aquellas manos ligeras, de dedos finos y largos pero de extraña fortaleza, aún más blancas que la harina que las envolvía con suavidad. Y venciendo su timidez se atrevió a preguntar:

-Un gran problema me aflige y por el mundo voy buscando una solución. Quizá tú la tengas pues he visto que tus manos son muy bellas y parece que conocieran todos los secretos que anidan en mi interior. ¿Puedes probar a tocarme?, ¡inténtalo por favor!

La mujer se desanudó el delantal, se atusó su larga melena, y frotó sus manos con fuerza. Acercó una silla al piano y se sentó a la distancia justa a la que podía rozar cada rincón del inmenso teclado, como si se dispusiese a recorrer aquellas montañas y valles en busca de apasionantes aventuras.

Sus dedos empezaron a describir increíbles piruetas, giros, saltos, vertiginosos movimientos que nadie habría sido capaz jamás de imitar. Tocaba octavas, terceras, escalas de todos los colores, acordes de tantas notas que parecía que no iban a caber dentro del teclado. Pero no sonaba nada, no había vibración. Sólo se oía el fuego crepitar y se sentía intensa la brisa de la noche.

Muy desilusionado, el piano, ahora ya sin sentir ningún temor, siguió su camino a lo largo de un sendero que partía desde la casa y que se perdía en la oscuridad. Sin descanso caminó por aquel surco, a lo desconocido…

Después del sendero llano se acercó al pie de una escarpada colina que ascendía sinuosa, como llena de misterio. El piano emprendió el ascenso y jadeante llegó a la entrada de un castillo en cuyo torreón más alto se veía una ventana iluminada que dibujaba al trasluz la silueta de un anciano. Aunque parezca mentira, el piano consiguió trepar escalón a escalón la escalera de caracol que conducía hasta allí y empujando la puerta entornada de la espaciosa habitación, llegó en presencia de aquel hombre que se inclinaba sobre un libro enorme en el que escribía extraños signos y jeroglíficos. Era tan serio su semblante, tan profunda su mirada, tan concentrada su actitud, que el piano pensó:

-He llegado por fin donde encontraré mi solución. Este hombre sin duda sabrá tocar música que suene y que salga de mi interior, para que llegue hasta donde quiero llegar yo.

El anciano tenía su rostro arrugado, apenas visible entre sus largas barbas blancas. Sus cabellos le caían a lo largo de una túnica azul con la que se arropaba. En la ventana tenía apoyado un telescopio que apuntaba a las estrellas, que en aquel momento lucían despreocupadas. Miró al piano sin sorpresa como si siempre hubiera estado allí y le preguntó:

-¿Qué buscas aquí? Estoy  muy ocupado y no me puedes interrumpir. Mi tarea es muy importante.

-¿En qué te ocupas?, ¡oh venerable anciano!, -dijo casi inaudible el piano.

-Elaboro una teoría sobre el origen y el significado del Universo. Ya casi conozco todas las estrellas y los planetas y creo que muy pronto podré llegar hasta los confines del más allá, -respondió el hombre con la mirada resplandeciente.

El piano no podía comprender como aquel hombre iba a poder llegar a lugares tan lejanos, si daba la impresión de que nunca se hubiera movido de aquella silla sobre la que se sentaba. Pero si como decía podía hacer semejante cosa, debía ser una persona muy especial y sin duda tendría por fin la respuesta a todos sus anhelos.

-Quiero pedirte un favor, -le pidió el piano. Tú que eres tan sabio seguro que sabes tocar y conseguir sacar muchos sonidos de mi interior. Tus manos ya no son ágiles pero tu mente es muy sabia y podrá seguro encontrar sonidos insospechados. Al fin y al cabo las estrellas y la música son brillantes y tú debes saber mucho sobre el brillo.

-Qué duda cabe, -respondió el sabio. No hay ningún secreto que se me escape. También tengo grandes libros escritos sobre la música. Acércate, abre tu tapa y déjame que te toque.

El anciano llenándose de majestad miró a lo alto, al cielo, donde todas las estrellas parecían querer escuchar. Sus manos comenzaron a deslizarse en un extraño ritual, de formas y estructuras que, a pesar de todo, no podían sonar.

Se escuchaba el brillo de las estrellas que era casi música,  pero el piano seguía mudo y ya muy cerca de la desesperación caminó el resto de la noche, apesadumbrado y triste, alejándose lentamente del castillo.

En el horizonte empezó a dibujarse un línea roja que después se convirtió en círculo y fue llenando las cosas de algo que aún sin ser visto las permitía existir.

El piano llegó a una pradera inmensa, de fresco verdor, punteada de colorines. La tibieza del sol recién nacido le llenó de buenos presagios.

De repente escuchó un sonido desconocido. No era agua, no era brisa, no era brillo, pero era fresco, era suave, era alegre, era hermoso. Se acercó impulsivo hacia donde procedía y descubrió tras un árbol a una niña que reía. Para no asustarla permaneció ocultó tras un álamo y se dedicó a observarla lleno de curiosidad.

La niña corría y saltaba y el piano no sabía por qué. La vio acercarse a un río y con sus pies descalzos se puso a chapotear y reía y reía salpicando aquí y allá. También se mojaba las manos, la cara y hasta algunos de sus dorados cabellos se iban llenando de humedad. Agotada se sentó al borde del río y un pajarito rojo se posó confiado en su mano. Ni siquiera cuando la niña lo empezó a acariciar el pajarito dejaba de cantar. Y la niña reía y reía y de nuevo se ponía a brincar.

Después con el agua y la tierra fue haciendo barro y con sus manitas estrujaba pequeños pegotes que iba poniendo en círculo, como si estuviese haciendo una extraña construcción. Echaba el agua en la arena, la humedecía bien, formaba con esmero las bolitas dándoles vueltas y vueltas entra sus dedos. Cuando parecía muy concentrada y apunto de terminar sus constelaciones de lodo se levantó de un brincó y las empezó a pisar. Y reía, y reía y no le importaba mancharse porque allí tenía el río para bañarse.

Se tumbó sobre la hierba con toda su piel adornada de diminutas gotitas brillantes que reflejaban el sol y su pecho subía y bajaba a toda velocidad para poco a poco ir calmándose y quedar profundamente dormida.

El piano se fue acercando sigiloso para no despertarla y miró embobado a aquella criatura tan pequeña pero tan llena de vida. Al acercarse se dio cuenta que en el pecho de la niña resplandecía algo muy brillante.

-¿Qué es esto? Nunca he visto nada semejante.

Y mientras lo pensaba un escalofrío recorrió su cuerpo musical.

Al sentir su cercanía la niña se despertó y con dulce voz comenzó a entonar una bella melodía. Sus pies y sus manos también se movían acompasados en el ritmo que envolvía aquella música llena de emoción. Y sin darse cuenta sus dedos se pusieron  a danzar entre las teclas blancas y negras describiendo formas misteriosas llenas de armonía. Y del interior del piano comenzó a brotar un sonido tan hermoso como no podemos llegar ni a imaginar. Y la niña reía y reía, y tocaba y abrazaba al piano que por fin tenía un inmenso Corazón, que en cada latido ponía música al silencio.

Marisa Pérez

Creadora y profesora del

AULA DE MÚSICA CON CORAZÓN en  ECOCENTRO

A partir del curso 2013-14:

Inicio con Música para Bebés (niños desde el 2010 hasta el presente)

Próximos cursos se irá ampliando a otras etapas

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