La metodología de E. Gordon como herramienta pedagógica

El ser humano encontró la música dentro de sí mismo, e inmediatamente la expresó para escucharse, otros también escucharon, imitaron y juntos pudieron ir inventando mundos sonoros cada vez más complejos. Mucho tiempo habría de pasar hasta que se sintiera la necesidad de diseñar símbolos con los que representar la música y de esta forma comenzase a desarrollarse la escritura musical. Este es un momento que incluso para la mayoría de las tradiciones musicales de nuestro planeta aún no ha llegado y podemos imaginar muy bien que tal vez nunca llegue. No es necesario. Hay algo que la música siempre hace, sonar y ser escuchada, cerrando así un círculo que completa todo su significado.

La larga tradición de la música clásica que hemos heredado, cuyo pensamiento musical se desarrolló intrínsecamente ligado a la escritura, junto a la pérdida de una tradición popular musical de transmisión oral, nos ha llevado a desvirtuar la forma en la que se aprende música y a crear sistemas de aprendizaje musical muy confusos, en cuanto que se alejan de la forma en la que realidad se aprende música y entorpecen todos los procesos naturales del aprendizaje. Parece que en lugar de aprender la música como tal, aprendiésemos sobre la música, generando una barrera de intelectualización que nos aleja del hecho musical vivo y real.

Y todo porque hemos olvidado las prácticas musicales más directas y sencillas y nos hemos perdido en el entramado teórico de, lo que lejos de ser la música en sí, es tan sólo un símbolo limitado: la escritura musical. No podría estar más claro, primero es la música, después el símbolo. ¿Cómo hemos podido llegar a pensar que podemos aprender algo desde su representación simbólica? ¿Para hacer música se necesita escuchar y comprender o procesar datos? ¡Es tan sencillo escuchar una melodía en tu interior e intentar buscarla en tu instrumento!, ¿por qué la mayor parte de los profesores de instrumento no hacen algo así en su clase o tan sólo de manera esporádica o puntual?

Cuando un profesor de música (esto es una práctica habitual en cualquier colegio, escuela de música o conservatorio) para enseñar el ritmo a sus alumnos comienza a explicarles lo que son las blancas y las negras, muy lejos de su intención original, no está enseñando música sino que está enseñando a razonar (esta clase sería algo muy similar a una clase de matemáticas, el rey de todas nuestras disciplinas). Sólo hay algo que explica que le parezca lo más adecuado y natural, es que sencillamente está acostumbrado a ello. Así aprendió él y nunca se ha cuestionado lo que hace y por tanto no sabe hacerlo de otra manera.

El ritmo, obviamente, no es una explicación sobre la parte matemática de la notación musical, sino un hecho que tiene la misma entidad viva que un árbol o una montaña. Por tanto, razonando sobre lo que no es el ritmo, se está entorpeciendo, en lugar de ayudando, a que el niño haga lo que tiene que hacer en ese momento de su aprendizaje: captar el ritmo, sentir el movimiento que el ritmo provoca en su cuerpo, expresar el ritmo, imitar el ritmo para finalmente comprenderlo, no como un acto de racionalización sino como un proceso de asimilación profunda que le permitirá ir comprendiendo ritmos cada vez más complejos.

Desde esa vivencia directa el niño irá abstrayendo cada vez más lo que va entiendo de la música y podrá ir elaborando conceptos que le permitirán ir entendiendo cada vez mejor lo que escucha y en un momento determinado de maduración podrá leer y escribir los símbolos que representan estos conceptos. Si es que llega a ser necesario.

Cuando nuestros jóvenes alumnos carecen de habilidades musicales básicas tales como: tocar en su instrumento libre e improvisadamente lo primero que se les ocurra, cantar lo que tocan, tocar de oído cualquier canción que escuchen, acompañar a otro instrumento con acordes o haciendo una segunda voz, variar las piezas que tocan, tocar con seguridad y expresividad en el escenario siendo capaz de improvisar las notas cuando se les olvidan las memorizadas, de nuevo, no las echamos de menos porque no estamos acostumbrados a ellas y nos parece lo más normal que se conviertan en ejecutantes de partituras en lugar de en músicos creativos e inteligentes (en cuanto que entiende el idioma en el que están hablando).

La añoranza de recuperar la forma genuina de aprender música ha acompañado a todos aquellos que han reflexionado sobre lo que hacen y desde luego ha sido el motor de todos los pedagogos que han pasado a la historia por sus sistemas pedagógicos. Desde Dalcroze hasta Suzuki, pasando por Willens, Orff o Kodaly, se han empeñado en recuperar las dimensiones internas del aprendizaje musical y observarlo tal y como en realidad se produce. Sus métodos no son artificios basados en extrañas teorías, sino un conjunto de actividades y técnicas pedagógicas orientadas hacia el encuentro directo con la música.  Muchos de sus principios han sido puestos en práctica de manera intuitiva por muchos alumnos talentosos, que han descubierto como enseñarse a sí mismo correctamente, al margen de lo que su buen intencionado profesor de música ha intentado enseñarles.

También ha habido profesores de música (no sé si muchos o pocos, creo que cada vez más), entre los cuales me encuentro, que se han dado cuenta del error básico que hemos heredado de nuestra historia personal, y se han propuesto desandar un camino en la búsqueda del origen. Parece extraño que nos cueste tanto recuperar la sencillez, simplemente porque la desconocemos. Aprender música tiene que ser algo más sencillo que empezar a recibir explicaciones sobre los datos recogidos en una partitura, ¿pero cómo hacerlo?, ¿cómo ayudar a que los alumnos aprendan música como aquel primer ser humano que emitió un sonido?

No es fácil descubrir un camino nuevo, surgen interrogantes, encrucijadas, la sensación de inseguridad que produce hacer algo que nunca has hecho y que sólo se basa en tu intuición. En este punto, descubrir las investigaciones que E. Gordon (pedagogo estadounidense nacido en 1929) ha realizado a lo largo de toda una vida de observación directa del aprendizaje musical, puede sernos de gran ayuda para no perdernos en el camino. Su Music Learning Teory no contradice en nada a todos aquellos pedagogos que anteriormente he citado, sino que de alguna manera sintetiza todas sus aportaciones y les da una vuelta de tuerca más, una diferenciación exhaustiva y precisa de todo el proceso del aprendizaje musical. Por ello es perfectamente compatible con el método Orff o Suzuki, por nombrar dos de ellos.

La manera pormenorizada y extensa en la que Gordon diferencia las etapas en la creación del instrumento interno del músico que él llamada audiation (una palabra nueva para un concepto nuevo), puede hacer parecer que su teoría es compleja y difícil de aplicar. Pero realmente no es así, porque se basa en las cosas tal y como son y por tanto, sin necesidad de asimilar todo de golpe, podemos ir descubriéndolo según lo vamos haciendo.

Sus herramientas de aprendizaje musical tales como las sílabas rítmicas basadas en las funciones rítmicas, las sílabas tonales basadas en el sistema del do móvil y muy especialmente la utilización de patrones rítmicos y tonales, que constituyen un vocabulario básico para el músico, son finalmente sencillas de usar por su inherente lógica musical interna. Simplemente debemos practicarlas y acostumbrarnos a ellas. Sus beneficios merecen la pena.

En la escuela de Música de Collado Mediano llevamos a cabo un proyecto pedagógico que intenta seguir el proceso natural del aprendizaje musical y para ello utilizamos como herramienta imprescindible muchas de las técnicas y materiales de Gordon. Nuestros alumnos aprenden el ritmo moviéndose y asimilando un vocabulario de patrones rítmicos, aprenden la tonalidad teniendo la ocasión de encontrarse como un mundo modal muy rico desde sus inicios y aprendiendo un vocabulario de patrones tonales, componen e improvisan su propia música y adquieren un amplio repertorio de canciones populares que, desde que las oyen por primera vez en la clase de música y movimiento, pueden madurar e interiorizar hasta el momento en el que son capaces de tocarlas en su instrumento. Durante varios años sólo tocan de oído y aprenden a denominar los conceptos básicos sobre lo que tocan. Cuando están maduros para ello y han adquirido las habilidades necesarias (en torno a los 11 años) comienzan a leer partituras, algo que consiguen con extraordinaria rapidez una vez que su vocabulario de patrones y su experiencia en la improvisación es amplia y profunda.

También desde nuestra escuela queremos colaborar a difundir esta extraordinaria herramienta pedagógica (la metodología de Gordon) que será de gran utilidad a todo músico de mente abierta que haya descubierto que “algo falla” en la manera en la que aprendió música. Por ello por segundo año consecutivo organizamos un curso con Marilyn Lowe que es una de las colaboradoras directas de E. Gordon en Estados Unidos.

Para recibir información puede escribir a marisa.perez@wanadoo.es.

Marisa Pérez Directora de la escuela de Música de Collado Mediano y profesora de didáctica del instrumento en la ESMUC