Por la tarde

Al terminar de merendar, Alberto, como cada día, tiene que coger su guitarra y ponerse a practicar. Apura los últimos sorbos de un vaso de leche interminable, con parsimonia, observando abstraído las formas blancas deslizarse fugaces por el vidrio, como aferrándose a una existencia imposible. Hoy ha sido un día especialmente duro, control de matemáticas, han perdido un partido de fútbol y por si fuera poco se ha peleado con Miguel, su mejor amigo. Realmente no tiene ningunas ganas de sentarse a tocar, pero Alberto sabe que su madre no le perdona su hora diaria de estudio, sobre todo desde que ha comenzado el tercer curso de guitarra. Este año las obras que su profesor le pone son mucho más difíciles que las del año pasado y le recalcó muy bien el primer día de clase que esperaba de él un gran rendimiento.

-Ya sabes, Alberto, que para poder sacar este año un sobresaliente, como el curso pasado, has de trabajar aún más, -le dijo mientras le miraba lejano desde su muro de papeles garabateados. ¡No espero menos de ti!

Esa sentencia le cayó a Alberto como un fardo pesado dentro del vientre, como el balonazo seco que David le asestó al comienzo del partido de hoy y que le hizo retorcerse durante un rato en el suelo.

Se dirige por el pasillo hacia su habitación donde tiene su rincón de estudio. Es curioso pero camufladas entre las vetas imprevisibles de la tarima del suelo, va descubriendo figuras que nunca antes había visto: un perro tumbado boca arriba, un ogro de dos cabezas, un coche con cinco ruedas, una fábrica de chocolate y una gallina con sus polluelos de distintos tamaños. Todos parecen deseosos de jugar con él, incluso parece escucharse sus llamadas: ¡Alberto, Alberto, Alberto! Además ahora se acuerda que tiene que devolverle a su hermano unas canicas que le prestó, ¿cómo terminará el libro que está leyendo?, pensándolo bien se ha quedado con hambre y aún quedaban dos galletas en la caja, ¡regresará a la cocina!

-¡Alberto!, -se oye contundente la voz de su madre procedente de la sala de estar-. ¡Todavía no oigo la guitarra!

Como por encanto desaparecen el perro, el ogro, el coche, la fábrica y la gallina con todos sus polluelos y Alberto entra en su cuarto. Coge la guitarra y comienza a tocar el estudio de Carulli, es su pieza preferida, con la que consiguió el sobresaliente en el examen de 2º. Le encanta tocarla muy deprisa, probar cada vez más deprisa, pero al final los dedos se le hacen un lío y debe volver a empezar una y otra vez. Lo malo es que cuando ya la ha tocado tres o cuatro veces, comienza a dolerle el codo y después el hombro. Un día al final del curso pasado le dolía tanto que ya no pudo aguantar más y se lo dijo al profesor.

-Eso te pasa porque no tocas relajado. Procura relajar el brazo y ya verás como ya no te duele, -le advirtió sin darle demasiada importancia.

Pero no sabía muy bien que quería decir esa palabra, “relajarse”…Se esforzaba una y otra vez por “relajarse”, pero el dolor aún seguía allí, sobre todo cuando tocaba aquella pieza que tanto le gustaba, porque se tocaba muy rápido,  y pensó que sería mejor no decirlo más porque sino el profesor se daría cuenta de que no sabía “relajarse”, y no podía decepcionar al profesor, no podía dejar de sacar sobresaliente.

-¡Alberto!, -se oye de nuevo resonar la voz de su madre a través del pasillo. Toca el estudio nuevo, que ese ya te lo sabes muy bien.

Alberto coge el libro de los estudios de Fernando Sor y lo abre por la página donde comienza el estudio que su profesor a elegido para él. ¿Qué querrán decir esas siglas OP que aparecen al principio de cada obra? Lee las primeras notas y las toca vacilante en la guitarra. En el tercer compás se equivoca. Vuelve a empezar, ahora las primeras notas un poco más rápido porque ya se las sabe. Se ha confiado demasiado y ahora se para al final del primer compás. Comienza de nuevo, ahora llega hasta el mismo sitio que la primera vez. Otra vez al principio y otra vez y otra y otra y otra. Ya llega al quinto compás. Se oyen dar las siete en el reloj del pueblo y Alberto sabe que aún le queda media hora de estudio y ya le está doliendo el hombro. Cuando se quiere dar cuenta  está tocando otra vez el estudio de Carulli, ¡le sale tan fácil!

-¡Alberto!, ¡que eso no!, -llega puntual la advertencia materna.

Parece mentira que Miguel se enfadase tanto porque no le prestó su bolígrafo nuevo. Debería comprender que el primer día que uno tiene un bolígrafo no quiere dejárselo ni a su mejor amigo. Mañana se lo ofrecerá él mismo nada más llegar al colegio y seguro que así se contenta enseguida. Sin Miguel en el recreo se siente como perdido. Está seguro que por eso perdió el partido de fútbol, no podía concentrarse. De fondo, como la música del tiempo, se oyen deslavazadas las primeras notas del estudio de Fernando Sor. ¡Este compás me sale siempre mal!, -piensa Alberto impacientándose- lo repetiré muchas veces como dice el profesor, ¡es muy difícil el tercer curso!

-¿Qué tal cariño?, -le dice su madre asomando la cabeza por la puerta del cuarto.

Alberto se pone de pie y le pregunta si ya puede dejar de estudiar porque aún tiene que hacer los deberes. Su madre le dice que puede jugar un ratito antes de ponerse con ellos. Alberto va a buscar a su hermano, ¡ojalá no se acuerde de que le dejó unas canicas!

 

Mozart y el niño tibetano

Tumbada sobre la cama de su cuarto escucha la puerta de la calle cerrarse tras los pasos retumbantes de sus padres. En la cocina se oye trajinar a Olga, la chica que ayuda en las tareas de casa. Laura hoy no irá al colegio porque ayer por la noche mamá le tomó la temperatura y tenía 38º. Ahora por la mañana no tiene fiebre pero decidieron que se quedara en casa, por si acaso.

La niña se desliza dentro de sus zapatillas de tigres peludos y se acerca a Simón, que aún duerme. Le abre la tapa y decide despertarle con tres notas, fa# do# y mi. Comienza muy despacito a tocar el ritmo del despertar que Marga les enseñó improvisando sobre esas tres notas. Pronto empieza también a cantar: “Simón levanta, ya te abrí la tapa, Simón despierta que hoy estoy contenta”. Se imaginaba al piano bostezando y estirando unos brazos muy largos y fuertes, como si fuesen el tronco del árbol que le dio su madera. Después el fa# con el mi se convirtió, en el registro agudo, en un estridente despertador y el do# retumbaba en los graves como una campana. Le recordaba una película que había visto el fin de semana con sus padres sobre un niño tibetano que vivía en un monasterio desde pequeñito y al que había visto tocar un gong inmenso para llamar a sus compañeros. A ella también le habría encantado sentarse en un trono para tocar ese gong y ver como todos acudían a él como hechizados, pero en cambio no podría soportar que le rapasen el pelo, ni que le diesen de comer cosas raras.

-¿Has visto Simón?, ahora suenas como un gong tibetano, -le explicaba Laura a su piano tocando con fuerza el do# más grave.

Después probó a tocar las tres notas juntas y le pareció que si las tocaba muy suave estaban llenas de misterio. Las escuchaba atentamente, cerrando los ojos, hasta que las sentía resonar en la tripa y en la cabeza, como aquel día inolvidable en que se acercó por primera vez a Concertín, el mejor amigo de Simón. De pronto le pareció que era un barco que se deslizaba por un lago en calma.

-Vamos Simón, busquemos a algún niño que se quiera subir, -pensaba Laura mientras comenzaba a investigar por el teclado.

Pronto encontró que el sol# con el la sonaba muy bonito dentro del barco y también el re# con el mi.

-Muy bien, seréis Flip y Flap, -seguía imaginando la niña.

Pronto el barco comenzó a agitarse con una terrorífica tempestad, se oía implacable el gong del monasterio, el estridente sonar del despertador y Flip y Flap estaban aterrorizados. Al final había un gran naufragio y todos los fas#, los dos# y los mis, se desparramaron por el teclado hasta perderse de vista, en la lejanía. De la tripa pareció salir, profundo, el último do#.

Laura se levanta de la banqueta del piano y se acerca a su escritorio. Coge las pinturas y comienza a dibujar a Flip y Flap sobre el barco, el gong, el despertador y el niño tibetano. Entra Olga con una pequeña bandejita con un cola-cao y unas galletas maría y la pone sobre el piano.

-No Olga, no lo pongas ahí. Si se cae encima de Simón puede hacerle mucho daño. Ponlo aquí en el escritorio, -le advierte la niña.

Laura continúa dibujando mientras desayuna y sobre una galleta maría sube dos Playmobil que son Flip y Flap y la pone a navegar en el cola-cao.

-Llega la tormenta, -dice Laura mientras agita el vaso. ¡Olga, ven que se ha manchado la mesa!

Ahora ha llegado el momento de dar de comer a Simón. Marga les ha explicado que todos los instrumentos tienen un duende en su interior y cuando comenzamos a tocarlos se instala dentro de nosotros y comienza a susurrarnos canciones. Por eso debemos hacerle como un huequecito, por dentro, y aprender a escucharle. El duendecillo, que en realidad es el alma de Simón, se alimenta de piezas musicales y así poco a poco se va haciendo grande y fuerte.

Esta semana Marga les ha dado para que coma el duendecillo una pieza de Mozart, el minué en Sol Mayor. Mozart es  un niño que no tiene el pelo rapado, ni le hacen comer cosas raras, pero parece que también hubiese vivido en un monasterio porque no podía ir al colegio ni tener amigos. Marga les enseñó muchas fotos y les explicó que su padre lo llevaba por todo el mundo tocando el piano, que era un genio y que componía muchas piezas. ¡Vaya cosa, ella también compone muchas canciones, tal vez algún día también sea famosa! Porque a Laura también le gustaría ir por todo el mundo tocando sus composiciones en el piano, como hacía Mozart, pero no se pondría esas pelucas ridículas ni se perdería todos los días el colegio.

Coge su cuaderno de clase donde Marga le ha organizado como tiene que estudiar esta pieza. Primero tiene que hacer lo mismo que hicieron en la clase: escuchar la grabación de la obra mientras se mueve con ella siguiendo el pulso grande y el pulso pequeño, después cantar la voz de arriba mientras se sigue moviendo y después cantar las notas de bajo mientras escucha patrones sobre ellas. Esta tonalidad de Sol M le resulta sencilla porque ha compuesto muchas piezas en ella y sabe improvisar muy bien incluso haciendo algunas modulaciones a Re, como hace Mozart. Ahora para aprendérsela en el piano, improvisa un ratito en Sol M y después puede elegir entre los muchos juegos que ya conoce: el juego de la nota preferida, el juego del ladrón, el juego de los granitos de trigo, el juego de la granja, el juego del entrenador, el juego de la estatua. Pero hoy se le ocurre un juego nuevo. Se imagina que la mano izquierda es el barco, un transatlántico donde caben muchas personas y en la derecha va organizando personajes, uno es Mozart que viaja hacia Francia, otro es su padre, luego otra vez Mozart, otro es ella misma y también está el niño tibetano, que es el último motivo. Toca varias veces el barco hasta que el sonido le sale de la tripa, como les dice Marga. Luego va tocando los personajes uno por uno, aprendiendo sus pasos de danza, organizando muy bien los deditos y por último todos se van subiendo al barco en marcha.

Olga entra de nuevo en la habitación para llevarse la bandeja del desayuno y escucha encantada el minué que Laura toca embelesada. No parece que vaya a subirle la fiebre.

La niña por fin se levanta del piano y se acerca hacia el dibujo que ha dejado a medias encima del escritorio. Al lado del niño tibetano dibuja a Mozart, muy sonriente, dándole la mano. ¡Ahora ya está completo!

Regresa a Simón y toca de nuevo el Minué. Cuando llega al final agarra la última nota, un sol, y llevándola hacia los graves, la convierte en un gong resonante.

-Este final está mucho mejor, Mozart, porque así le gustará también al niño tibetano.

Un sudor frío le recorre el cuerpo y corre a tumbarse sobre la cama. Olga llega con el termómetro y el frasco del Dalsy.

-Tienes 38º de fiebre, criatura, y andas zumbando por ahí. Tómate el jarabe y descansa hasta que vuelva mamá.

Laura se pregunta si Mozart y el niño tibetano habrían tenido fiebre alguna vez y quien les daría el jarabe. En cambio Simón, ya ves, siempre tan reluciente.