La hora de la verdad

Tiene la sensación de no haber podido pegar ojo en toda la noche. Cada vez que el sueño por fin le vencía, caía en extrañas pesadillas que le hacían agitarse en la cama para finalmente despertarse sobresaltado. Son las 7 de la mañana y Alberto ya no tiene ganas de intentar conciliar otra vez el sueño. Siente una fuerte opresión en el estómago, unas intensas náuseas que le llevan repetidamente al baño.

A pesar de lo mal que se siente, no está preocupado porque conoce muy bien todos estos síntomas, que él llama, desde que era pequeñito, el síndrome del examen de guitarra. Ya desde los semanas anteriores a cada examen, comienza a observar como su sueño se altera, baja considerablemente su apetito, está siempre intranquilo, de mal humor, ansioso, como si todo lo que no fuera tocar la guitarra le pareciese una gran pérdida de tiempo. Y siempre las mismas pesadillas, salir a un escenario con un inmenso boquete negro en el centro y una fuerza que le empuja hacia allí, comenzar a tocar la guitarra y que no suena o que se le rompen todas las cuerdas, salir en pijama al escenario y no encontrar la ropa, examinarse con un tribunal que le pide una obra que es diferente de la que él se sabe…

Pero esta vez es diferente. Es su último examen, aquel que le va a dar un título, por fin una compensación a las innumerables horas de esfuerzos y sacrificios, de dolores y penurias, una oportunidad de hacer realidad sus anhelos y convertirse en concertista, el gran sueño que en algún momento desconocido de su vida se instaló, sin invitación, en lo más profundo de si mismo, como un extraño pasajero sin patria, como una promesa de una felicidad merecida.

Y es también diferente porque no recuerda nunca haber tenido esta sensación tan intensa de impotencia, de apatía, de darle igual todo, de sentirse incluso capaz de tirar por la borda todo cuanto ha ido acumulando a lo largo de los años y que siempre parece ser insuficiente, ser nada comparado con lo que tienen los demás, los realmente buenos, los “dotados”. Le dan ganas de quedarse tumbado sobre la cama, sobre esta cama que le ha acogido silenciosa cada día al regresar de un examen de guitarra, tan imparcial, tan desapegada. Pero sabe que no puede defraudar a su madre que seguramente ya estará levantándose para ponerse bien “guapetona” y acompañar a su hijo, del que luego se siente tan orgullosa que casi siempre acaba por saltársele alguna lagrimilla. Y mucho menos podría defraudar al profesor que curso tras curso le decía después de cada examen: “No está mal, Alberto, has sacado de nuevo sobresaliente, no esperaba menos de ti. Pero si te esforzases más todavía podrías haber tocado mejor. El próximo curso es más difícil y deberás estudiar un poco más.”

Hoy tiene que tocar el concierto de Aranjuez, comienza a repasar mentalmente las primeras notas, pero enseguida se le desdibujan, se le antojan como un galimatías incomprensible, arrinconado en un lugar impreciso y caprichoso de su memoria. Algunas notas las oye, otras las ve, otras parecen estar sólo en sus manos, otras sólo en su cabeza, otras en ninguna parte, interceptando el paso fluido de las demás. Aparecen espectrales los pasajes difíciles,  amenazantes, imposibles. Y de fondo la mirada escrutadora del tribunal. Parece que estuviese incluso oyendo sus pensamientos: “ha cogido un tempo muy lento”, “se nota que le falta velocidad”, “esa frase no la ha cantado bien”, “era mucho mejor el chico anterior”, “el sonido le queda muy apagado”, “qué mal toca el pobre”.

Sólo recuerda con un color diferente el examen de sexto de guitarra. Acababa de cumplir entonces 14 años y había estrenado ese curso una guitarra nueva. Nunca olvidará la pieza que tocó ese día, un Vals de Mateo Carcassi, y que resonaba con una belleza estremecedora entre sus dedos. Como por arte de magia, el miedo pareció transformarse en una cápsula que le transportó a un lugar desconocido. En este lugar cada nota parecía ocuparse de si misma, liberándole a él de toda preocupación, pero otorgándole paradójicamente y al mismo tiempo, un absoluto control sobre ellas. Todo parecía fluir, sin esfuerzo, completo y perfecto, sin tiempo, como si se hubieran abierto para él de pronto las puertas de la música, dejando libres oleadas de bienestar y dicha. Su mente estaba silenciosa y serena, y su cuerpo vibraba fundido con el de la guitarra. Quiso quedarse para siempre allí, que no acabara nunca aquel momento en el que se olvidó de todo y sólo tuvo que ser él mismo. Pero su madre y su profesor se encargaron de hacerle regresar al lugar habitual,  ella llorando en aquella ocasión a moco tendido y él siendo capaz de decir por primera y única vez en su vida: “Bravo muchacho, ¡qué bien has tocado! Tenemos que ir pensando en presentarnos a algún concurso.”

Pero hoy tiene que tocar el concierto de Aranjuez y siente que no se lo sabe, que no puede tocarlo, que no puede afrontar una vez más la mirada inquisitiva del tribunal que le juzga, que no puede soportar el dolor intenso de su brazo derecho que ha terminado por agarrotarle también el izquierdo. Comienza a llorar en furiosas ráfagas, refugiado entre la almohada de su cama, para caer finalmente derrotado por el sueño.

-¡Alberto, hijo, que llegamos tarde al examen!, -dice su madre mientras golpea con los nudillos la puerta de su cuarto.

Alberto se levanta, como un autómata, y se pone la ropa que su madre le ha dejado preparada la noche anterior. A duras penas consigue ingerir un poco de leche y un trozo de galleta, pero no se atreve a comer más por miedo a vomitar.

Todo es tremendamente conocido, el camino al Conservatorio, las escaleras que suben al Salón de Actos, el aula donde los alumnos deben esperar el momento de su actuación, la despedida llena de expectación de su madre, las palmaditas en la espalda del profesor, las caras tensas de sus compañeros, las miradas desamparadas, las manos sudorosas, el cuerpo descompuesto, más presente que de costumbre pero al mismo tiempo más ajeno, el implacable paso del tiempo y la espera angustiosa de la hora de la verdad, una verdad que quieres que llegue pero sólo para que pase y te deje de una vez tranquilo, adormecido en las acogedoras entrañas de tus mentiras.

Pero esta vez es diferente. Está seguro de que es incapaz de tocar. No entiende, ni nunca ha entendido esa inmensa cantidad de notas que se acumulan dentro de una obra musical, no sabe que hacen allí ni que quieren comunicarle, no sabe como ha podido aprenderlas ni sabe por qué le duele tanto el brazo, ni sabe por qué quiere ser concertista. No sabe nada. No puede tocar.

Tan agarrotado está sobre una de las sillas dispuestas desordenadamente en el aula que una de sus compañeras, se acerca hasta él y poniéndose en cuclillas para poder mirarle a la cara le dice:

-¿Qué te pasa Alberto?, ¡estás pálido!

-Quiero irme a mi casa, ¡no voy a examinarme!, -le responde Alberto a penas con un hilo de voz.

-¡Estás loco!, -le responde la chica mientras le zarandea-. Si no tocas hoy tendrás que hacerlo en septiembre y tendrás que pasarte todo el verano tocando la guitarra.

Estas palabras produjeron un efecto fulminante en Alberto que, como si le hubieran metido pólvora en el cuerpo, se incorpora bruscamente de la silla, en el justo momento que oye al bedel pronunciar su nombre para llamarle al Salón de Actos.

No es él el que se encamina con su guitarra por el pasillo del Salón de Actos, asciende al escenario y se sienta sobre la silla de conciertos. No es él el que comienza a tocar las notas del concierto de Aranjuez esquivando como balas enemigas aquellas maléficas frases que cruzan por su conciencia: “te vas a equivocar, ya verás”, “qué mal te está saliendo”, “¿qué nota viene ahora?”, “tu profesor se debe de estar avergonzando de ti”, “se aproxima el pasaje difícil”, “¿quién estará hablando?”. Y si no es él el que hace todas estas cosas, entonces ¿quién es él? Esa frase le produce un vértigo indefinible que le atemoriza y le llena de esperanza al mismo tiempo, como si fuera la puerta ambivalente que dejase atrás la atmósfera enralecida del infierno y le permitiese sentir la brisa fresca del paraíso. Amparado bajo el quicio de esta puerta, Alberto escucha las últimas notas del Concierto de Aranjuez y se levanta golpeando la guitarra contra la silla. Instintivamente mira al profesor que permanece oculto entre un montón de papeles que garabatea con furia. Su madre le abraza emocionada y le dice:

-Ven, déjame que te lleve la guitarra.

Alberto debe de sentarse para que el dolor del brazo no le haga desmayarse y por un momento cree perder la vista. El bedel llama con voz inconfundible al siguiente candidato.

Tarde de luz

Cada año con los primeros calores del verano los niños empiezan a celebrar la inminente llegada de las vacaciones. Pero Laura antes de guardar los gastados zapatos del colegio, almacenar en el trastero los cuadernos coloreados de tiempo y desempolvar la bolsa de playa azul, espera impaciente el concierto de la Escuela de Música que todos los meses de junio se celebra en el Teatro Principal de la localidad. Está muy acostumbrada a dar conciertos, con frecuencia Marga les organiza fiestas, en Navidad, cuando es el cumpleaños de Concertín o cuando llega la primavera, invitan a los padres, abuelos y también a los amigos del cole y tocan para ellos las mejores canciones de su repertorio y las composiciones más logradas de su catálogo. Es un día alegre donde se hace reverencias al público, se comen patatas fritas y uno siente un cosquilleo extraño en la tripa. Pero el concierto del Teatro Principal es algo muy distinto. Todos los compañeros de clase y también los de otros instrumentos preparan algo juntos y el gran Teatro se llena de un público fervoroso que les aclama con sus ovaciones. Laura siempre ha pensado que así se sentirán las princesas de los cuentos el día de su boda, cuando por fin se agarran del brazo de su príncipe amado para oír aquella famosa frase de “y fueron felices y comieron perdices”, es decir, emocionadas y asustadas al mismo tiempo, muy conscientes de ser las protagonistas de la historia.

Este año, como ya es mayor, va a tocar por primera vez ella sola. Han montado los de instrumento y los de lenguaje musical juntos un espectáculo muy bonito que se titula “El pájaro Cú”. Se trata de la historia de un pájaro que nació sin plumas y que por eso vive sólo y avergonzado, sin que nadie le quiera, soñando con poder ser feliz algún día. Los demás pájaros enterados de su desgracia deciden entregarle cada uno una pluma y de esta forma Cú se convierte en el pájaro más hermoso del cielo. Pero se vuelve vanidoso y se pierde un buen día sin que nadie vuelva nunca a saber de él. Iván ha hecho una canción muy bonita que cantarán al principio todos los niños en el coro y después cada uno irá representando, bien solo o bien en grupo, con sus instrumentos, a algún pájaro y el color de la pluma que le entrega a Cú. Al final algunos tocan, otros bailan y todos cantan juntos la canción de Iván, que cierra así el cuento musical.

A Laura le ha tocado representar a la paloma que le da una pluma blanca, por eso ha elegido componer una pieza en Sol Mayor con una segunda parte en mi m. Comienza con unos acordes, lentos, con los brazos muy abiertos, que se van desplegando para simbolizar la paz. La segunda sección, más rápida, comienza con un bajo cromático que busca sin cesar el Sol y descansa sobre él para permitir que la mano derecha sea más volátil y haga figuras libres. Es la primera vez que compone una pieza tan larga y donde los dedos pueden ir tan deprisa, como si quisieran volar. Se le ocurrió después de oír durante muchos días para acostarse la segunda arabesca de Debussy. Le parecía una música llena de pájaros y de colores y le pidió a Marga que se la enseñase. Con algunos acordes de la izquierda y la figura del tresillo de semicorcheas de la derecha, hicieron su versión de la obra y así poco a poco fue saliendo de ella la Balada de la Paloma Blanca. Marga le ha dicho que le ha quedado preciosa y que el próximo curso le tiene que dejar que se la enseñe a otros niños.

Por fin ha llegado el gran día. Mamá le ha puesto una falda y una blusa blanca y una cinta también blanca en el pelo y papá las ha llevado en el coche hasta la puerta del Teatro, eso sí pasando a recoger antes a los abuelos, que nunca se quieren perder nada. Aunque aún faltan tres horas para el concierto, todos los niños han llegado puntuales a la cita para el ensayo general y los padres se despiden con un beso.

Después de sudores y apretones y algún que otro desconcierto, ha terminado el ensayo general y ahora ya sólo quedan unos pocos minutos para salir al escenario del Teatro. Marga les ha reunido a todos en una pequeña salita de los camerinos para ayudarles a prepararse para el gran momento. Les recuerda que la música nos la susurra siempre el duendecillo que nuestro instrumento nos regaló y que guardamos dentro, y que cuando llega la hora del concierto él es también nuestro principal público, por eso debemos hacerle un gran trono en el vientre y sentir allí sus vibraciones y nunca empezar a tocar hasta que no esté bien sentado. No deben dejar que se les escape a la cabeza y mucho menos que se les esconda y no saber donde está. De esta manera la música surgirá fácilmente y sin que tengan que preocuparse, pues él se encargará de todo. Después, con los ojos cerrados, van como encendiendo bombillitas en todo el cuerpo y con esa luz les dice que han de llenar las notas que tocarán después.

La emoción llega al punto culminante, se oye la voz del director presentando el concierto y por fin, ¡adelante!, todos al escenario.

Laura canta con sus compañeros la canción del Pájaro Cú mientras intenta localizar entre el público a sus padres. Le llaman la atención los inmensos focos que cuelgan del techo y que le recuerdan las bombillitas que Marga les hizo encender dentro de su cuerpo antes de salir. Poco a poco se va dejando llevar por la melodía y comienza a sentirse triste por el Pájaro Cú. Allí ve, en el centro del escenario, a Iván que danza al son de su propia música, representando a un pájaro desolado. Después comienzan las escenas instrumentales con la entrega de las plumas. Primero es la urraca, vestida de negro, después el colibrí, vestido de azul, luego el petirrojo, vestido de rojo claro, y por fin ¡la paloma blanca!

Laura se encamina hacia el piano, coloca el asiento, se sienta y espera hasta que ve al duendecillo también allí sentado, dentro de su vientre luminoso. Le oye cantar las primeras notas de su pieza e inmediatamente las manos buscan la misma vibración. ¡Qué bonito suena en este piano tan grande, en este espacio lleno de atención y escucha! De nuevo la fugacidad de la música la trae de vuelta a sus piernas que caminan para situarse frente al público y recibir los cálidos aplausos. Ahora ve a mamá que parece vaya a salirse del asiento y a papá escondido tras la cámara digital. Regresa junto a sus compañeros en el coro y ahora se siente como un poco más grande, como si todo el Teatro cupiese dentro de ella.

A la salida, en el atrio, Laura se entretiene jugando con Iciar e Irene mientras Marga conversa animadamente con sus padres. Ahora se irán a tomar algo con los abuelos y al llegar a casa le contará a Simón que ha tenido un concierto, le tocará la Balada de la Paloma Blanca sólo para él y le dará un beso para que no se ponga celoso.