Y al final la rosa floreció

Alberto

Le llevó mucho tiempo curarse de la grave tendinitis del brazo derecho y de las numerosas contracturas en la espalda. Fueron largos meses de médicos, hospitales y terapias dolorosas pero finalmente pudo librarse de la intervención quirúrgica que habían llegado a diagnosticarle como inevitable. Largos meses sin tocar la guitarra, pero tampoco sin echarlo de menos, de vaciarse de sus ilusiones y de enfrentarse a un futuro incierto. Algo se revelaba dentro de él contra su propio dolor y le decía que eso no podía ser así, que la música, que había aprendido a amar en solitario en lo más profundo de su ser, no podía causarle tanto daño. Quería tocar, pero sobre todo quería disfrutar tocando, recuperar la alegría que la ignorancia de tantos le había arrebatado.

Se miró a si mismo y se descubrió buscando, buscando las causas ocultas del dolor, encontrando nuevos caminos para él y para otros.

Viajó, estudió con varios pedagogos de la guitarra y otros instrumentos en diversos países y pudo construir sobre lo que tenía una nueva relación con la música.

Hoy es feliz dando conciertos de vez en cuando, pero lo que más feliz le hace es ver a sus alumnos agarrar su guitarra con ligereza y entusiasmo y tener la certeza de que a ellos nunca les dolerá el brazo, o por lo menos no a causa de la música. Su mente, como en los días privilegiados del pasado, está serena y silenciosa, atenta para percibir lo inconmensurable que habita en la música y en el corazón de todos sus alumnos.

Laura

Mañana tiene la presentación de su último libro de cuentos. Después del éxito de ventas que supuso “Relatos de Simón”, ya van por la tercera edición, siente una gran responsabilidad con la publicación de este nuevo libro. Como siempre que está nerviosa o alterada por algo, se acerca a su piano para dejarse abandonar entre las amadas formas de sus teclas. Últimamente siempre le viene a la cabeza el preludio en Reb Mayor de Chopin, tal vez porque le guste especialmente esta tonalidad para improvisar y olvidarse de todo. Es increíble pero no puede escribir ni una página si antes no se ha sentado un rato en el piano. A veces piensa que éste es una especie de secreto inconfesable, como si su talento no fuese realmente literario sino musical. Incluso cuando ya le desborda imparable la historia del próximo cuento y corre a sentarse en el ordenador, necesita seguir canturreando lo que estaba tocando.

Suena el teléfono y se aproxima sin prisa para cogerlo. Es su agente para tranquilizarla y decirle que todo está apunto para la presentación y que está convencido de que este libro también será un éxito.

Al colgar el teléfono Laura se da cuenta de lo poco que en realidad le importa el éxito. Y esto le da la idea para un nuevo cuento. Es la historia  de un anciano que viajaba por el mundo con un cuenco vacío y todo el mundo al verle y sintiendo lástima de él, quería llenárselo. Unos de agua fresca, otros de embriagador vino, otros de oro fundido. Y él decía a todos que no, que lo único que amaba era su cuenco vacío. Nadie le comprendía, pero cuando llegó junto a la morada de la música su cuenco pudo resonar con tanta belleza que en aquel mismo instante alcanzó lo eterno.

Tampoco ahora tiene prisa en escribir este cuento. Se sienta en el piano para dejar resonar la música de su corazón vacío.